Defender y argumentar la importancia de las lenguas no es tarea fácil, y si además hay que hacerlo en una que no es la propia, la cosa se complica un poco más. El reto está en hacer el esfuerzo de intentarlo y, con ello, aprender. De eso, entre otras actividades, versó nuestra última clase de inglés.
Los alumnos tenían que ponerse en la piel de parlamentarios de la ONU de distintas nacionalidades y defender y argumentar en inglés por qué su lengua (el francés, el español, el alemán o el griego) es importante en ámbitos tan diversos como la literatura, la economía o el comercio. Cada cual tuvo que preparar una redacción y, posteriormente, exponer públicamente sus opiniones al respecto. Se trataba, en definitiva, de elaborar un discurso en una lengua extranjera, buscar las palabras que mejor podían expresar nuestro mensaje y tratar de convencer al resto de la audiencia. Fue un ejercicio arduo, muy ameno y divertido, que dio pie a numerosas anécdotas e intervenciones.
La clase se completó con un juego consistente en adivinar la profesión de la persona que los alumnos iban describiendo, por turnos, según se mostraba en dibujos repartidos entre todos. Como el anterior ejercicio, entrañaba la dificultad de hilvanar discursos coherentes mediante un vocabulario preciso que permitiese la correcta descripción del profesional de que se hablaba y facilitase la respuesta adecuada por el alumno que antes creyese tenerla.
Concluyó la clase con dos ejercicios de vocabulario y escritura con los que había que buscar palabras que comenzasen por “D” y “M” en temas como deportes, actividades ocio, colores, títulos de canciones, celebridades, malos hábitos, cosas pegajosas, postres, cosas que se pueden encontrar en una playa o animales de granja. Fue jugoso y dio para mucho.
Veremos qué nos depara la próxima.