¿Qué tienen en común juegos como “Busca las diferencias” o “¿Cómo pudo ocurrir ese crimen”? En apariencia nada, pero en realidad de eso fue la última clase nocturna de inglés.
Pocas cosas hay tan amenas como las clases de Iria. La del miércoles la inició con el típico juego “Busca las diez diferencias”. Y ahí se pusieron los alumnos a buscar arduamente, a identificar y a explicar los supuestos errores, etc. Tras buscar las diferencias se leyeron fragmentos textos de poetas británicos, cuyo tema había que sintetizar. El lenguaje poético hace especialmente complejo un ejercicio de estas características, de tal modo que algunos alumnos se equivocaron al interpretar los versos y, por tanto, proponer el tema sobre el que versaba la composición.
Indudablemente, lo más ameno de la clase fue la ficción en torno al asesinato de una mujer, un crimen en el que un hombre mata accidentalmente a su esposa. La profesora dio algunas pistas y los alumnos tuvieron que sometarla a interrogatorio para tratar de averiguar las causas y el por qué de tan fatal desenlace. Se formularon decenas de preguntas. Algunas ayudaron a desentrañar el misterio, otras parecían ingenuamente sospechosas y otras más llevaban la sagaz marca del detective privado, pese a tener que formularse en inglés y a la dificultad de hallar el vocabulario preciso que ayudase a hacer comprensibles las cuestiones.
Una niña de 12 años dio con la solución al misterioso crimen. Le costó lo suyo. Sometió a la profesora a múltiples preguntas que la llevaron a resolver el enigma. Un logro que dejó atónitos a los adultos y que animó a la niña a pedir otro juego. Era tarde, sin embargo, y la clase llegaba a su fin.